Día incierto, en un lugar perdido...
La luz por fin consiguió escabullirse de sus frías manos una vez más...Sabía que no existía magia alguna que detuviera a los rayos de sol, que irremediablemente morían ahogados allí donde el mar limita con el cielo, donde los cuatro elementos se encuentran en perfecta armonía...Lejos, muy lejos...
Odiaba pensar en lo utópico, odiaba verse aplastada por aquel manto negro sin estrellas, odiaba las sobredosis de burlas y blasfemias que la noche le proporcionaba cada vez que tenía oportunidad; porque conocía su miedo, su flaqueza e inseguridad...Al fin y al cabo, todos conspiraban para abusar de su imaginación, amordazando a la razón y destruyendo a la cordura poco a poco...
Odiaba tener que presenciar la muerte de cada atardecer que se clavaba en sus ojos color tierra, de verdad lo detestaba, pues sólo le ayudaba a recordar que, asi como la luz solar se extinguía gradualmente, también lo hacia la luz que residía dentro de su ser...o lo que quedaba de ella...
Ya había perdido completamente la noción del tiempo...a veces hasta olvidaba donde estaba. Pero, ¿Qué mas da? El tiempo en esas condiciones había pasado a segundo plano...o, más bien, a un plano inexistente. Quizá fue por esa razón que el pozo de sus recuerdos, al permanecer cesante dentro de ella por un período indefinido, ahora se rehusaba completamente a dar indicios de volver a funcionar, por lo que ni siquiera recordaba como había llegado hasta ahí...En todo caso no le serviría de mucho, sabiendo que estaba la idea latente de que jamás conseguiría salir de aquel lugar...que en un principio le parecía inmenso, mas ahora se sentía como un barco dentro de una botella...
Elina ya no era Elina. Con suerte quedaba algo de los hermosos ropajes que llevaba, y que ella misma se confeccionaba. Aunque era muy inusual para la época, mucha gente la admiraba por la facilidad con la que diseñaba y fabricaba ropa en tan solo un par de días. Realmente, le gustaba muchísimo...Pero no, esa Elina ya no existía; Tan solo quedaba de ella la vieja pañoleta blanca, atada a su tobillo derecho, que le había regalado su abuela el último cumpleaños que pasaron juntas y el roído manto negro con piedras incrustadas en forma de cruz que recibió luego del ritual de Dhutt, al cumplir quince años...Lo demás en conjunto no era más que un cadáver viviente que deambulaba por el bosque sin nombre; Un bosque tan olvidado por el mundo que se había convertido en tan solo un mito antiguo al que ya nadie le provocaba ningún interés...
Elina dedicó una última mirada cargada de inexpresión hacia el cielo cada vez más negro, y comenzó a caminar. Algo revoloteaba dentro de ella violentamente, algo de lo que ya había olvidado el nombre, pero apenas le daba importancia; llevaba tantos años viviendo con ella que ya no le pesaba en absoluto tan desagradable sensación. Y esa no era la única.
Elina, desde que perdió las ganas (y la necesidad) de hablar, hasta aquella noche, había olvidado muchas palabras. Las odiaba. Todas. Pero había una que detestaba más que cualquier otra que haya escuchado alguna vez en su vida, más aún porque era la que más se repetía durante sus noches de agonía, no la abandonaba en ningún momento: Esperanza. Porque era incompatible a ella, no tenía efecto positivo alguno, y eso dolía...
Porque Elina quería morir sin si quiera estar viva. La esperanza la mantenía en ese limbo mental, colgada de una cuerda entre el barro y el firmamento...De la cual se soltaría en cualquier momento...
El día en que la esperanza muriera en sus manos.

